Paul Ravier

Los vaqueanos de Junín y sus alrededores luego de una buena cuota de recelo, suelen contar el caso de Paul Ravier que hubo de esconderse en una estancia que nadie sabe identificar. Su historia fue transmitida verbalmente y poder acceder al problema me ha costado desentrañar los hechos reales de los aspectos míticos propios de las leyendas pueblerinas. La razón por la cual Ravier tomó distancia del resto de los comunes es simple y sencilla, no quería volver a sentir. Cuando llegué a conocerlo no pude lograr establecer vínculo alguno entre él y Funes el memorioso, tampoco pude constatar que hubiera hecho alguna lectura del hombre ilustrado, y realmente el problema que a él lo aquejaba no podía relacionarse fácilmente al ideario de la literatura. Paul Ravier sufría, y cada vez más. Había tratado de racionalizar su afección de diversas maneras. A diferencia de Funes, la memoria de Ravier funcionaba de un modo inteligente, me refiero a esos juegos de la mente en la cual la memoria va acomodando nuestros recuerdos para hacernos la vida posible, los buenos recuerdos se trastocan mejores y los malos en caso de ser complicados son hasta borrados a favor de nuestra salud emocional. El problema de Ravier era diferente, progresivamente iba olvidando aspectos de sus recuerdos, pero su infierno había sido querer y tal vez, demasiado.

Todos los días, a pocas horas de haberse levantado, se tornaba irascible. Si bien el recuerdo de la persona que había amado era cada vez más tenue, el recuerdo lo sometía irremediablemente no solo a la misma pasión del momento original. Atravesado por sentimientos, que los demás construimos durante períodos de tiempo prolongado, estremecían su ser de un modo que no es fácil entender. El recuerdo de cierta forma lo transportaba no solo al momento mismo, sino al cúmulo de todas las sensaciones que había tenido hacia otra persona, el recuerdo lo llevaba a sentir inmediatamente lo que otros sienten durante meses y a veces años.

Desde hacía años había dejado de recordar sus sueños, y ese era su único refugio, por lo que trataba de dormir la mayor parte del día. Esto dificulto la charla que mantuve con él, pero al observar luego su descanso empecé a comprender como habían sucedido los acontecimientos.

A mediados de su adolescencia, compungido por revivir sentimientos recordados, Paul quiso tabular los mismos, con pocas herramientas matemáticas incursionó en tediosas ecuaciones con el fin de ordenarlos por relevancia, una vez logrado este objetivo, pensaba, poder acotar sus recuerdos al más importante o a unos pocos más. Cada recuerdo estaba ligado a cierta cantidad de detalles que también se consideraban, pero el problema era el grado. No mucho después abandonó la tarea, descubrió que cuando se alcanzaba cierto nivel de pasión, esta quedaba como atesorada y estaba condenado a volver a sentir ese caudal cada vez que el recuerdo invocaba. Piense usted en una guitarra construida con partes de una aspiradora de tal forma que todas las canciones interpretadas en ella quedaban atrapadas en ella misma con el inconmensurable peso musical que esto acarrea. Ravier, a partir de algunas lecturas, trató de refutar el alma, tal vez allí se gaurecían los apasionados sentimientos que atormentaban su vida, como todo joven adolescente y romántico, fracaso en el intento y termino negando la materia, el cuerpo. El transcurso de su vida lo convirtió en un ser ermitaño, se mostraba osco hasta un punto ofensivo, su estrategia era eliminar las posibilidades que permitieran ser seducido por alguna bella dama para no terminar nuevamente enamorado. Se mostraba indiferente, antisocial, frío y calculador, pero era permeable y se volvía a enamorar. Por esa razón busco la soledad del campo en una hacienda, para vivir condenado a re-sentir toda la pasión recordada. Tanto sometimiento hicieron de su vida algo imposible de transitar, el dolor y la pasión no le permitían realizar tarea alguna.

Se afirma con razón que si uno pudiera solo recordar todo lo malo que le acaeció, moriría inmediatamente por no poder soportarlo. El problema de Paul Ravier hizo suponer la existencia de un hombre mitológico, suprahumano que siendo atravesado por las pasiones más profundas, aún así, pudo vivir aunque de la manera más lastimosa posible.

Traté de volverme a poner en contacto hace un tiempo con él, sin suerte. Se comentaba que los últimos días de su vida eran apesadumbrados.

Falleció en diciembre de 2010 y me es muy difícil dejar de recordar lo que sentí cuando accedí a su acta de defunción, Paul Ravier ha muerto pero creo que con esto no resolvió su problema y no ha dejado ni dejará de padecer.

flomana, 31 de diciembre de 2010.

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